Si algo se ha aclarado por la vía de la reincidencia es la inutilidad de tanta Administración del Estado. La DANA ya nos puso en alerta, pero el gran problema de los incendios forestales está siendo definitivo para clarificar algo que ya sospechábamos.

La actual configuración del Estado, repartiendo el poder entre comunidades autónomas y el Gobierno central, es un desmadre absoluto. La obsesión por el poder, en lugar de la ayuda coordinada y el trabajo en equipo, es la base de actuación de los que miden sus actos y tiempos pensando exclusivamente en el rédito electoral y la manipulación de los votantes. Parece que no hay manera de que se aúnen esfuerzos y se trabaje alineado. La prioridad no es salvar a España del desastre, sino ver cómo obtener el mayor beneficio electoral y salir mejor parado ante la gravedad de la situación y sus consecuencias. Una conducta que molesta a la ciudadanía al sentirse abandonada y dejada en manos de lo incontrolable. Con cerca de medio millón de hectáreas ya calcinadas, vemos atónitos el caos con la idea justificada de que el colapso es el destino más probable ante semejante muestra de incompetencia y falta de coordinación.

Llegados a este punto, hablando a diario de déficits de recursos para hacer frente a la barbarie de las llamas, conviene recordar el coste de nuestra macroestructura política. Un modelo que sobredimensiona el número de vividores a niveles incomparables con las sociedades democráticas del entorno y cuyo gasto podría ser destinado para dotaciones que realmente fuesen útiles para la sociedad, como la lucha y prevención contra el fuego, la defensa y cuidado de nuestras fronteras o los servicios públicos a la ciudadanía. Si contabilizamos el coste que nos supone tanto político, el regimiento de asesores que les acompaña y todas las infraestructuras que dan cobijo a los montajes minifeudales, enfocando su uso a lo necesario, se podría ver el futuro más nítido.

La utilización de nuestros limitados recursos se diluye entre una infinidad de inútiles repartidos a lo largo y ancho de España en administraciones que pueden ser prescindibles. Un mando único nacional que gestione todos los recursos para el bien de todos los españoles parece lo más eficiente y útil. Las necesidades y el rigor presupuestario nos harán llegar a esa conclusión tarde o temprano. No descartemos que, ante tantas evidencias, se abra los ojos a los españoles e igual estemos ante el punto de partida para plantear un cambio de modelo que ahorre y distribuya el disponible con mejores criterios de eficiencia. El Gobierno central junto con la sabiduría y el conocimiento sobre el terreno de los responsables locales y los propios vecinos, poniendo los incendios como ejemplo, olvidándonos definitivamente del lastre que supone lo intermedio, parece la mejor estrategia a futuro tras la experiencia acumulada.

Pero, para combatir tanto desbarajuste y absurdo despilfarro, antes se debe disponer de un Gobierno de la nación comprometido y solvente a la hora de tomar decisiones. Necesitamos gobernantes orgullosos de representar a España que den la espalda a los que solo existen para finiquitarla, y que no vivan únicamente para gozar del poder y poner morritos ante las cámaras.

Dicho esto, se da por supuesto que el actual Gobierno no sirve para administrar un Estado como el nuestro. No discuto que los tuercebotas sanchistas igual puedan servir para llevar una Junta de vecinos de una comunidad de barriada sin ascensor, pero, a tenor de lo visto, estaría más que justificada la fijación de unos filtros mínimos que eviten el acceso al poder de corruptos e ineptos que tengan en sus manos decisiones que pueden afectar a nuestro futuro y el de las nuevas generaciones.

En definitiva, hay que dejar de malgastar en políticos y toda esa amalgama territorial que tanto nos condiciona, además de revisar el saco sin fondo que supone todo el ingente gasto en subvenciones y pagas sin contraprestación alguna a la sociedad. Un dinero que solo busca crear adeptos dependientes y que parece dar por supuesto que somos un país al que le sobran los recursos. Necesitamos firmeza a la hora de cerrar nuestras puertas a la entrada ilegal y abrirlas tan solo bajo condiciones lógicas para la necesidad y provecho de nuestra sociedad, con máximo respeto a nuestra tradición y cultura, sin olvidarnos y siendo preferentes a la hora de dar cobertura a todo nativo patrio que verdaderamente necesite de nuestra ayuda.

La solución la sabemos, solo falta ser valiente y no tener complejos.

Borja Dacalan