Con la sociedad española a la espera de un posible cambio de Gobierno, requisito imprescindible para salir a la calle con las cacerolas si hace falta, vemos a diario el grado de hipocresía que rodea al rojerío gobernante.
Tanto escándalo de corrupción y mafia, los casos judiciales domésticos de los que intenta de forma esforzada y evidente desviar la atención el inquilino de Moncloa, junto a los denigrantes ejemplos de defensa de la mujer que se ponen de manifiesto observando el comportamiento de tanto depredador en nómina del aparato del partido, hacen recomendable que se renombre al PSOE cambiando el orden de dos letras de su sigla para pasar a ser el POSE. Un identificativo que se adecuará mucho más a su conducta, realidad e hipócrita comportamiento.
En lo referente al asunto bandera de los que ahora quedan señalados como los más lesivos y dañinos, como es el trato a la mujer, hemos visto cómo los dos socios de gobierno que se reparten ministerios han demostrado con sus actos que tienen a los babosos sexuales más impresentables. Unos personajes que se han quedado en la visión primaria de lo que es y para lo que les sirve una mujer.
Los podemitas o sumatorios quedaron sobradamente retratados, tras la campaña de beneficios penitenciarios que otorgaron a los pedófilos y resto de lacra relacionada con delitos sexuales, sin olvidar la conducta depredadora de algunos de sus significados dirigentes.
Pero, dando continuidad a la rivalidad denigrante que compite con la falsedad de la extrema izquierda, somos testigos del proceder de muchos socialistas que viven en una realidad muy alejada de sus discursos y propaganda. Bocazas que alardean de lo que luego no cumplen ni pretenden.
Con el foco puesto en tanto corrupto y putero, que casi convierte todo este clima enrarecido en el hábitat normalizado al que se acostumbra a la opinión pública, solo faltaba que saliese a la luz la conducta de abuso y depravación del que sonaba como tercer error consecutivo de Sánchez a la hora de elegir al pastor que controle el rebaño de su organización. Un encadenamiento de fallos que nos puede llevar a pensar si queda alguien limpio en una organización que ya ha demostrado su alto grado de contaminación y podredumbre.
Con semejante conducta, este modo de entender el progresismo no puede considerarse una propuesta política seria. Parece que se ha entendido el término progreso como el modo de incrementar la riqueza. Un progreso que no es social, sino que está muy enfocado a la acumulación de billetes guardados en la caja fuerte o en algún paraíso fiscal.
Borja Dacalan