Cada 11 de septiembre, Cataluña debería celebrar su identidad, su cultura y su historia. Pero lo que vemos en las calles es otra cosa: la Diada se ha convertido en el día oficial del odio a España. No es un espacio de encuentro, ni una fiesta de todos, sino un ritual de exclusión en el que se alimenta el rencor y se señala al “enemigo” de siempre: el resto del país.

Un relato envenenado

Los independentistas han secuestrado la Diada y la han transformado en un espectáculo de propaganda. Bajo banderas y consignas, repiten el mismo relato envenenado: España es opresora, Cataluña es víctima. Una simplificación grotesca que solo sirve para dividir a la sociedad y mantener vivo un conflicto que interesa a unos pocos dirigentes.

La memoria de 1714, lejos de ser un homenaje, se utiliza como un arma política. Una derrota militar del pasado se vende como si fuera un drama actual, un trauma perpetuo que obliga a los catalanes a vivir anclados en el victimismo.

Hispanofobia disfrazada de reivindicación

Basta pasearse por las manifestaciones para verlo: banderas españolas quemadas, cánticos de desprecio, mensajes que ridiculizan a millones de compatriotas. Esa es la cara visible de una hispanofobia que, aunque no representa a todos, ha sido normalizada por los organizadores de la Diada.

Lo más perverso es que este odio se disfraza de reivindicación democrática. Como si quemar símbolos, insultar a una lengua o menospreciar a quienes se sienten españoles fuera una forma legítima de reclamar derechos.

Una fiesta que divide

La Diada no une, separa. No representa a todos los catalanes, solo a quienes comulgan con el independentismo. La mitad de la población se ve excluida de su propia “fiesta nacional”. ¿Qué clase de jornada conmemorativa es aquella en la que una parte de los ciudadanos se siente extraña, incluso hostilizada?

Cataluña es plural, diversa y compleja. Reducir esa riqueza a un relato binario —ellos contra nosotros— es un insulto a la verdad y una agresión a la convivencia.

El negocio del victimismo

¿Por qué esta obsesión con mantener viva la confrontación? Porque el independentismo necesita enemigos. Sin un “Madrid opresor” al que culpar, se derrumba su discurso. La hispanofobia es rentable políticamente: cohesiona a los fieles, tapa fracasos de gestión y moviliza a las masas. Mientras tanto, los problemas reales —sanidad, educación, economía— siguen sin resolverse.

La Diada, tal y como está planteada hoy, no dignifica a Cataluña, la degrada. No es una fiesta nacional: es un altavoz para el resentimiento. Cataluña no necesita odiar a España para existir; al contrario, debería reivindicarse desde la riqueza, la pluralidad y la convivencia.

Pero mientras cada 11 de septiembre se siga celebrando el odio, la Diada no será un homenaje a la historia, sino un recordatorio de cómo la política puede convertir la memoria en un arma arrojadiza. Y eso no es orgullo nacional: es manipulación

Erik Encinas