Los mensajes de los medios de comunicación controlados por el poder, un lote en el que de una u otra forma y con uno u otro nivel de perversión incluye a la inmensa mayoría, junto a las mentiras manipuladoras que salen del palacio de la Moncloa crean una imagen distorsionada de nuestra sociedad al camuflar nuestro gran problema bajo consideraciones de tipo humanitario.

A los políticos que nos gobiernan se les hincha el pecho al decir que España es un país de acogida y que los españoles estamos dispuestos, de forma obligada por su buenismo descontrolado, a aplaudir la entrada de todo el que llegue bajo argumentos tan risueños como que serán quienes paguen las futuras pensiones.

La intervención mediática fomenta el silencio de los costes y las consecuencias, a la vez que daña la imagen del que fundamente su postura en contra sobre la lógica que pretende dar prioridad a los contribuyentes reales, a sus parejas en viudedad o a sus descendientes. No perdamos de vista el eje estratégico que supone tener bajo control al filón sostenible de apoyos fidelizados de los benefactores mayoritarios de todas esas subvenciones teledirigidas.

El futuro de la nación española no importa. La continuidad y raíces de nuestra cultura tampoco. Solo hay que ver el vínculo antiEspaña que une a los compañeros del sanchismo en su exigua mayoría parlamentaria. El orgullo, al ceder el testigo de España a las nuevas generaciones, no forma parte de los objetivos del que vive bajo el prisma de la vanidad egocéntrica. Él y sus palmeros han demostrado estar dispuestos a condenarla con sus cesiones y concesiones, con el único fin de cobijarse a la sombra del aforado poder.

Para los vividores de la política todo es muy fácil. Toman decisiones sabiendo que el verdadero sacrificio no va a recaer en el que reparte nuestros millones con palabrería y electoralismo, sino que deberá soportarlo el contribuyente. Unos sufridores estupefactos al ver como fluye el dinero por los entramados mafiosos y corruptos, además de perplejos al saber que vivimos en bonanza recaudatoria a la vez que alcanzamos el máximo de déficit y de deuda pública.

No debería ser tan difícil reconocer que el mayor mal hoy en día en España es la migración irregular. Nadie cuestiona lo bueno que es la atracción de talento o la apertura en favor del que venga a sumar y aportar (con un contrato de trabajo firme como les pasó a nuestros padres en el siglo pasado), pero el enfoque de puertas abiertas y llegada masiva está siendo altamente penalizador.

La okupación, la seguridad, la delincuencia, así como la disponibilidad de ayudas públicas para emprendedores, para nuestros jóvenes a la hora de acceder a la vivienda, para personas que sufren la viudedad o que necesitan ayuda por alguna dependencia, por poner ejemplos, pueden tener alguna correlación con los flujos migratorios irregulares y su alta necesidad de recursos. Fondos que se ponen encima de la mesa, sin límite, por parte de este gobierno connivente y multiplicador del problema.

Sin miedo ni vergüenza ante el ridículo internacional, la semana pasada llegamos a ver en televisión el caso de la okupación de una vivienda que ya estaba okupada, aprovechándose de que la okupa original estaba de vacaciones a todo lujo en el Caribe. En este sentido, creo que vale la pena sacar conclusiones tras una reflexión profunda al respecto.

Javier Megino