Mientras el impresentable del espejito mágico de la Moncloa sigue con sus largas vacaciones, repitiendo su pasotismo como sucedió con la erupción del volcán en La Palma o las inundaciones por la DANA levantina, miles de hectáreas de España se calcinan. Con el reincidente “si necesitan ayuda que la pidan” ahora son nuestros bosques los que se ven perjudicados por la ineptitud de semejante esperpento de la política. Ha habido que esperar a las 100.000 hectáreas quemadas para solicitar apoyo a Europa para intentar hacer frente al horror.

Sánchez, en su vanidad incalculable, sigue en éxtasis al sentirse el puto amo en lo doméstico tras todas sus fechorías. Lo que le preocupa es sacar el máximo rédito electoral de lo que está pasando y, para ello, ya tiene a sus arietes de guardia. No hay mejor ejemplo que la actitud del troglodita incapaz de gestionar eficientemente su red de troncomóviles, prendiendo la mecha para descalificar al adversario sin importar el dolor y la pena ante el drama de los incendios. Pero, por otro lado, su ego le corroe y no debe conciliar el sueño al verse apartado y ser considerado prescindible en las decisiones importantes de ámbito europeo. Nuestro papel en las importantes decisiones que se están barajando, en relación con el futuro de Ucrania, nos posicionan como merecemos teniendo representantes como los actuales.

El bagaje de las políticas sanchistas nos han convertido en el hazmerreír. Una vez se le ha visto el plumero a su líder y han quedado claro sus intereses, el orden internacional nos deja en el banquillo. Algo comprensible, si pensamos en los riesgos que supone compartir estrategias conociendo al personaje y sus amigos.

Lo verdaderamente doloroso es el modo en que todo ello afecta a la imagen internacional de España. Las relaciones internacionales, diplomáticas y comerciales con el resto del mundo se ven muy penalizadas con el paso de semejante Atila por el Gobierno. Urge dar el carpetazo final a esta etapa, puesto que merecemos que se nos considere fiables y recobremos la importancia que debemos en el contexto mundial.

Javier Megino