El drama de los incendios es un tema recurrente que, año tras año, deja su fatídico sello en nuestros campos y bosques por los efectos de la meteorología, los derivados del trastorno en el clima o, especialmente, por lo malo que puede llegar a ser el ser humano.
Con una superficie calcinada que pone los pelos de punta, parece que es considerado un asunto de segunda o tercera clase al que no compete atender de forma prioritaria, a tenor de lo que vemos por parte de los políticos impresentables que nos gobiernan.
Me deja muy tocado ver todo el dolor causado en pueblos que se han quemado, las personas que han fallecido y el esfuerzo ilimitado de los que están participando en las extinciones, con la UME como gran ejemplo y símbolo de compromiso. En este sentido, corresponde recordar el planteamiento de Sánchez en 2014 cuestionando el Ministerio de Defensa.
Pero, junto a los daños humanos y en propiedades, no puedo olvidar el causado a todos los que no tienen posibilidad de quejarse. Dejando al margen el coste unitario de cada cabeza de ganado, que supongo es lo que valora el que tiene a los animales como medio de vida, me deja sin sueño pensar en todos los animales que han muerto calcinados esperando un socorro que no les llegó. Y no solo pienso en animales de granja, también por nuestra fauna salvaje que ha visto el fin de sus prados y bosques para anidar o, sencillamente, vivir. Nuestro ecosistema no se merece que desalmados decidan prender fuego a bosques por capricho o interés. Reclamo que se valore y piense en el destrozo de nuestra naturaleza y el fin de unos bosques que han sido la residencia y cobijo de muchos animales que no tienen voz ni voto. Es imperdonable que miremos hacia otro lado. Los infractores no pueden quedar sin el castigo que merecen. En este sentido, apelo a la posible aplicación de la máxima pena para los asesinos que se han llevado por delante la vida de personas que luchaban contra el daño que ellos han ocasionado, sin menospreciar las vidas de todos esos animales que han sido pasto de las llamas. La sociedad tiene una deuda con la naturaleza y nuestro buenismo no tiene cabida ni razón de ser.
El comportamiento de nuestros políticos también está siendo un claro ejemplo de lo que no puede pasar. El farsante de Moncloa, un verdadero ególatra, se ha activado tras ver al rey Felipe VI uniformado en la zona de guerra contra el fuego. Ante esa presión no ha tenido más remedio que salir del palacete veraniego para intentar evitar que recaiga todo el protagonismo e implicación en el jefe del Estado. El postureo vanidoso le domina.
La Administración central no ha respondido con la contundencia y celeridad esperada ante una situación afecta a múltiples comunidades. Una repetición de milimetrado pasotismo con visos electorales que vivimos con la DANA levantina. El Gobierno de España no ha querido subir la escala del problema y asumir de forma directa la responsabilidad, sabedores de su ineptitud, pretendiendo que las consecuencias del fuego señalen a las administraciones autonómicas en manos del adversario político. Por otro lado, las comunidades tampoco han querido subir el nivel y, con ello, que se ceda o traspase al gobierno la responsabilidad de la solución, porque saben que algo tan serio no puede dejarse al albur de la mediocridad. La tardía reacción del sanchismo, tras una semana quemándose los bosques y la demora en la llamada para el apoyo de Europa deja totalmente en evidencia a Sánchez y su cuadrilla. Unos auténticos sátrapas, como dice el experto ferroviario, que solo piensan en el impacto electoral de sus decisiones y la manipulación del electorado.
El planteamiento en estos momentos de un pacto de Estado, con los bosques todavía humeantes, solo puede salir de una mente maligna que quiere aparentar y sacar tajada electoral. Eso sí, una vez apagados, la propuesta obedece a una necesidad si se obliga al cuidado de bosques dotando de medios y presupuesto para ello. Ojalá también se hubiese planteado antes de los indultos y la amnistía al amigo golpista.
Javier Megino