Con una demora de más de un año se ha producido la dimisión del presidente de la Comunidad Valenciana. Mazón, señalado de una forma intensa y agobiante por su abandono de funciones al alargar la famosa comida de trabajo en la tarde del día de la dana, además del fallo garrafal por el envío tardío de la señalización de aviso a la ciudadanía a través de los teléfonos móviles, no ha podido soportarlo más. La constante queja en la calle, junto al doloroso momento singular que supuso el funeral de Estado coincidente con el primer aniversario, ha sido determinante para una decisión que, por lógica, quizás debería haberse consumado mucho antes.

Quizás, el momento idóneo para comunicar la dimisión hubiese sido el día siguiente al fatídico suceso. Al menos, de ese modo, su decisión contundente y consecuente habría servido para demostrar ante la ciudadanía que los errores tienen su coste y consecuencia, aprovechando para dejar en evidencia al otro gran señalado. Ese maléfico personaje que, con el transcurso del tiempo y el uso de sus aliados propagandísticos, sacará punta a la noticia del día de hoy sin sentirse responsable ni asumir su cuota de culpabilidad. Postergar hasta esta mañana la decisión ha supuesto dar oxígeno a los que controlan a los medios de comunicación y disponen de multitud de diseñadores y generadores de relato estratégico electoralista. Y ya sabemos que en esa especialidad el sanchismo tiene un doctorado cum laude.

Pocos, desde el momento cero, hemos dudado de que la culpa por la gravedad de lo sucedido debe tener un reparto compartido. El famoso “si necesitan ayuda que la pidan”, por poner un ejemplo claro, ya debe ser suficientemente clarificador para el que tenga un par de ojos y un dedo de frente. Pero, al margen de lo político y la política, el mal generado es lo que debe combatirse. La sociedad debe volcarse en la reconstrucción y hacer todo lo posible para que, con el dolor que acumulan muchas familias y que será imborrable, podamos mirar al futuro con garantías de que esto no volverá a pasar.

La lectura de lo sucedido queda en manos de cada uno de nosotros, aunque no siempre el que más ruido hace es el menos exento de responsabilidad. Y ya sabemos lo entrenado y fácil que lo tiene un sector ideológico para sacar a sus adeptos a la calle y dar una imagen politizada de lo que ellos interpretan como lo bueno y lo malo.

Me quedo con el respeto y aprecio que la sociedad valenciana ha mostrado al rey Felipe VI. Su apoyo directo y a pie de terreno, sin salir corriendo y con el rabo entre las piernas como vimos al cobarde Sánchez en su visita a las zonas afectadas, ha incrementado el valor de la institución que representa. Comparar el comportamiento próximo y humano de la Casa Real, frente al interés calculado de los representantes políticos, deja en la miseria a la clase política española y te quita las ganas de votar tanto a unos como a otros.

Javier Megino