Hoy me he decidido a hacer un escrito que, posiblemente, debía haber lanzado hará unos dos años y medio. Por aquel entonces, coincidiendo con la renovación de mi documento nacional de identidad, ya tuve el primer conato de discusión en la entrada de la comisaría de policía de mi localidad de residencia en Barcelona por la misma razón que se ha repetido en esta ocasión.
La verdad es que, tras la conversación mantenida en 2023 y a tenor de la complicidad que pude evidenciar por parte de los que apelaban al mero cumplimiento de órdenes, llegué a pensar que la situación podía encauzarse del modo lógico, oportuno y sensible a los sentimientos de una gran parte de la población que reside en el municipio. Creí que, si yo era uno más de los que seguro han pensado lo mismo, aunque no sé si atreviéndose a discutirlo en la entrada como es el caso, el tema podría estar en vías de solución.
Pero, el pasado viernes, coincidiendo con una nueva visita para la renovación del pasaporte, me quedó claro que el resultado de mi anterior queja no sirvió para nada. Bueno, solo para que me desahogara ante los que tantas veces he gritado que eran mi policía y, sin que se lo imaginaran, he defendido siempre por su profesionalidad y en apoyo a sus merecidas reivindicaciones.
Mis justificadas, y creo que sobradamente amparadas por la legalidad, exigencias, eran con relación a la presencia de la bandera nacional en la entrada del edificio en el que está la comisaría de la Policía Nacional. No parece normal ni sensato que una instalación de esta índole oculte la bandera de España, sin que ésta ondee como debería en el frontal del edificio en un lugar privilegiado, con el orgullo que ello supone para los ciudadanos coherentes de la localidad. De hecho, a poca distancia del punto en el que se ubica la Policía Nacional está la comisaría de los Mossos d´Esquadra y, en ella, desde siempre, las dos banderas oficiales –nacional y autonómica- presiden el edificio público en el que los agentes tienen sus dependencias.
Los argumentos del agente de turno en la entrada de la comisaría, un establecimiento que parece que solo sirve para actos administrativos como son las renovaciones de documentación, me aludía a reiterados robos y destrozos de nuestra enseña nacional como justificante para que desapareciera de la presencia preferente que le pedía. Debo entender que será por actos vandálicos de los que, interesadamente y para escaparse de las penas que merecían, fueron negados para poder ser indultados.
Disculpando a los uniformados, sobradamente capacitados para dirigir al público para la gestión administrativa pertinente, creo que la defensa de esa postura dando sentido a la ocultación es una deshonra y una vergüenza. Algo impropio y ridículo viniendo de agentes de la ley que han de hacer cumplir la legalidad y disponen de autoridad para ello. No compensa su complicidad, haciendo entender que respetan mis palabras y callan para no expresar lo que piensan, dando a entender que solo hacen lo que se les ordena.
Igual nadie les ha dicho que dan una imagen nefasta de pena, cobardía y miedo, entendiendo que no deja de ser una directriz más de sumisión que les debe llegar desde el ministerio del Interior, en su afán por complacer al amo separatista que da continuidad al gobierno Frankenstein y apuesta por la retirada de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que llevan en su uniforme la bandera de todos los españoles.
Conviene que reflexionen y actúen, pensando que hablamos de la imagen de España y de la presencia de la misma en nuestra ciudad, pidiendo que gane el orgullo frente a la cobardía y el conformismo. Bajo esta dinámica, la sensación que brindan es de que los policías viven cohibidos, dominados, acojonados o, doliéndome infinitamente, son meramente serviles a los que no quieren a España.
Supongo que debe ser muy difícil contenerse y vivir en el engaño, sin poner en riesgo el pan de sus familias y cumpliendo las órdenes de los que han dilapidado sus valores y principios por mantenerse en el poder. No perdamos la esperanza. Esperemos que, más pronto que tarde, se reaccione y pierda el miedo, ubicando un gran mástil en lo alto del tejado de la comisaría tras liberarnos del sanchismo. Paso necesario para devolver a la nación española una gobernabilidad sana y orgullosa que deje de humillar a todos nuestros símbolos.
Javier Megino